La bola negra: lo que nos pesa todavía y el miedo que muchas personas hemos heredado

La bola negra: lo que nos pesa todavía y el miedo que muchas personas hemos heredado

El otro día fui al cine a ver La bola negra. La verdad es que, más allá de las expectativas con que fui, al salir no estaba hecho polvo; pero, en el momento, tampoco me dejó indiferente. Me quedé con algo dando vueltas por dentro, como cuando una canción te toca una fibra y no sabes cuál. Necesité unos días para entender qué era.

Soy psicólogo y trabajo con trauma, duelo, ansiedad y terapia afirmativa LGTBIQ+. Pero esto no lo escribo solo desde la consulta. También soy un hombre cis homosexual, y no lo cuento para ponerme en el centro, sino porque hay cosas que no se miran igual desde fuera que desde dentro. Esta película me tocó en las dos partes, la profesional y la personal. Y creo que, si estás leyendo esto, quizá también haya podido hacer resonar algo en ti.

Qué es la bola negra (y por qué todavía duele)

Un voto pequeño que decía mucho

La bola negra era un voto de rechazo. En los casinos y clubes sociales de antes, cuando alguien quería hacerse socio, los miembros votaban con bolas: blanca para aceptar, negra para rechazar. Bastaba una sola bola negra para que la puerta se cerrara. Nadie tenía que dar explicaciones y nadie tenía que mirarte a la cara.

Lo que me impresiona de ese gesto es lo discreto que es. Un rechazo sin gritos, sin escándalo, casi educado. Y precisamente por eso, imposible de discutir. Muchas personas LGTBIQ+ conocemos bien esa forma de exclusión: la que no se dice en voz alta, pero se entiende perfectamente.

Lorca y una obra que se quedó a medias

El título de la película viene de una obra de Federico García Lorca que quedó inacabada. Solo se conservan cuatro páginas. Se cree que La bola negra iba a contar la historia de un joven homosexual rechazado en un casino; algo que, en su época, casi nadie se atrevía a escribir. Lorca fue asesinado en 1936, y esa obra se quedó sin terminar.

Siempre me ha parecido que hay algo muy simbólico en eso. Una historia queer que se corta por la mitad, igual que se cortaron tantas vidas y tantos futuros. La película parte de ese silencio para contar la vida de tres hombres en tres épocas distintas, y lo hace con una idea que me parece clave: lo que se calla en una generación no desaparece, sino que viaja y cobra otras formas de ser expresada.

Cómo era ser homosexual en aquella época

Crecer sin palabras

Imagina sentir algo y no tener ni siquiera la palabra para nombrarlo. Sin referentes, sin nadie mayor que te dijera “tranquilo, esto es normal”, sin un solo personaje en el que reconocerte. Muchas personas descubrieron quiénes eran completamente solas, y además aprendieron, muy pronto, que ese descubrimiento era mejor guardarlo bajo llave.

Eso deja huella. Cuando de pequeño aprendes que lo que sientes es peligroso, no lo olvidas al hacerte mayor. Se queda ahí, como una alarma silenciosa que sigue encendida mucho después de que haya pasado el peligro.

Lo que ocurrió de verdad

A veces conviene recordar los datos, porque la memoria histórica también es eso. En 1954 se reformó la Ley de Vagos y Maleantes para incluir a las personas homosexuales. En 1970, la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social mantuvo la persecución, con internamientos y supuestas “terapias” para “curar” lo que no estaba enfermo (las mal llamadas “terapias de conversión”). La homosexualidad dejó de ser delito en 1979. El matrimonio igualitario llegó en 2005. Y, hasta el junio de este año 2026, el congreso de los Diputados no ha aprobado una reforma del código penal para tipificar las mal llamadas “terapias de conversión” como un delito penal.

Lo digo así, sin adornos, porque a veces se nos olvida lo reciente que es todo esto. Todavía hay personas vivas que fueron perseguidas por querer a quien querían. Y muchísimas más crecimos junto a familias que habían aprendido a callar para protegerse.

Esconderse no era debilidad

Hubo (y hay) quien vivió una doble vida, quien se casó para que nadie sospechara, quien se fue lejos para poder respirar y quien nunca se lo contó a nadie. Ninguna de esas decisiones fue una falta de valentía. Fue la forma que encontraron de sobrevivir. Y cuando miro hacia atrás, lo único que siento es respeto y compasión por quienes tuvieron que hacerlo.

El peso de la memoria: lo que heredamos sin que nadie nos lo cuente

El silencio también se transmite

Esta es una de las cosas que más trabajo en consulta, y lo que más me removió sobre La bola negra: el dolor se hereda. No como se hereda el color de ojos, claro, sino a través de lo que se respira en casa, o incluso de los esfuerzos que hacemos para poder encajar junto con nuestros iguales en etapas tan vulnerables como la infancia o la adolescencia. Las preguntas que no se hacen, los temas que se esquivan, esa tensión que aparece cuando algo roza lo prohibido.

Quien creció junto a personas que callaron para sobrevivir, aprendió (sin que nadie se lo dijera) que hay cosas de las que no se habla. Y esa lección puede acompañarte durante décadas sin que seas consciente de que no nació contigo.

Cuando el rechazo lo llevas dentro

Hay un momento, en la vida de muchas personas LGTBIQ+, en el que el rechazo deja de venir de fuera y empieza a salir de nosotras mismas. Ya no hace falta que nadie nos mire mal: nos vigilamos solas. Nos corregimos el gesto, la voz, la forma de caminar, la forma como nos relacionamos con las otras personas. Y no lo hacemos por gusto, sino porque aprendimos que era necesario.

La investigación lo confirma: vivir esperando el rechazo y escondiendo una parte de uno mismo desgasta, y ese desgaste se ve reflejado en la falta de pertenencia, la ansiedad, el cansancio, los trastornos alimentarios, la depresión, o incluso en la regulación a través de las adicciones. Pero no hace falta ningún estudio para saber que cuesta. En el fondo, lo sabemos, lo sentimos, lo notamos en el cuerpo.

Vivir con miedo hoy, en pleno siglo XXI

Cosas pequeñas que no son tan pequeñas

Hoy tenemos derechos que antes eran impensables. Y, aun así, la sombra de La bola negra y la exclusión hace que muchas personas sigan viviendo con miedo, a veces sin ser conscientes. En consulta, me encuentro con personas que:

  • Calculan cómo van a caminar o a tocar a su pareja en la calle.
  • Se preguntan, antes de entrar a un sitio nuevo, si ahí podrán ser ellas mismas.
  • Ensayan cómo contar quiénes son antes de que alguien pregunte.
  • Se dicen que “están exagerando” cuando algo les da miedo.
  • Sienten una vergüenza que no saben de dónde viene.

Yo también, en mi propia historia, he llegado a hacer mis propios cálculos en muchos aspectos. No voy a entrar en detalles, pero quiero que sepas que, cuando te digo “te entiendo”, no es una frase hecha de psicólogo.

No exageras

Si hay algo que me gustaría que te llevaras de este artículo, es esto: no exageras. Tu miedo tiene historia. Tu cuerpo aprendió, por ti o por quienes vinieron antes, que el mundo podía ser peligroso y que ese miedo sigue cuidándote como mejor sabe. Y, además, seamos honestos: los delitos de odio siguen existiendo. A veces tu prudencia no es una distorsión, es información.

Lo que sí podemos hacer es que esa alarma no mande ni dirija toda nuestra vida.

El miedo a que lo conseguido no sea para siempre

Voy a ser sincero: me siento muy esperanzado en muchos aspectos, aunque esa esperanza convive en mí con una inquietud. Los derechos que hoy damos por hechos costaron décadas de lucha y de nombres que no aparecen en los libros. Y sé que no son un regalo ni están garantizados para siempre. En distintos lugares del mundo, hemos visto cómo avances que parecían sólidos se han recortado o puesto en duda.

No te hablo de política, sino de algo mucho más básico: de la sensación de no saber qué va a pasar. Esa incertidumbre es agotadora. El cuerpo, que aprendió a estar alerta, vuelve a ponerse en guardia cada vez que algo le conecte con la idea de retroceder. Y, si creciste con miedo, o en cierto modo lo heredaste, es fácil que este tipo de noticias te lleven de golpe a un lugar muy incómodo, triste, frustrante y aterrador.

Si te pasa, quiero que sepas dos cosas. La primera es que esto que sientes es una respuesta lógica en alguien que sabe, por su historia, que la libertad no siempre ha sido estable. La segunda es que puedes aprender a cuidar esa inquietud sin que ocupe toda tu vida. A mí, me ayuda no vivir pegado a las noticias, hablarlo con personas de confianza y recordar que el miedo es solo una parte de lo que siento. La otra parte, la que me mueve a seguir hablando, acompañando y cuidando lo que tenemos, también cuenta.

Quizá ahí esté lo más importante: la esperanza no consiste en creer que todo irá bien, sino en seguir cuidando lo que nos importa, aunque no tengamos todas las garantías. Recordar, expresarse y no callar nos hace un poco más fuertes frente a lo que venga.

Lo que La bola negra me dejó: esperanza

Un amor que sí pudo ser

Entre tanto dolor, hubo algo que me conmovió de una forma que no vi venir. Sonará muy cliché, pero hablo del amor. Hay un personaje, Sebastián, cuya historia me removió especialmente. No quiero contarte nada, porque merece que lo descubras tú, pero sí quiero decirte lo que me dejó. Después de todo lo que atraviesa, hay una vida que se llena de cariño y no hablo de algo breve y fugaz, sino de algo que trasciende en el tiempo.

Salí del cine con ese pellizco en el pecho que mezcla lágrimas y alivio. Porque, durante mucho tiempo, las historias que se contaban de nosotros terminaban mal, o no terminaban. Ver a alguien que, a pesar de todo, tiene derecho a ser querido y a ser feliz, me emocionó profundamente.

La esperanza también se hereda

Hablamos mucho de lo que se hereda en forma de miedo tras el símbolo de la bola negra, pero casi nunca de lo que se hereda en otras formas. Cada persona que se atrevió a querer en voz baja, a construir una vida a su manera o a no desaparecer, dejó algo detrás: la prueba de que se podía. Esa esperanza no es ingenua. Se construye con vidas reales, con gente que amó cuando amar era arriesgado.

Quizá por eso la película me hizo sentir, junto a la tristeza, algo parecido a la gratitud. Hoy podemos querer a la luz del día porque otras personas lo hicieron antes, sin ninguna garantía.

Qué puede ayudarte

Ponerle nombre a lo que sientes

Cuando entiendes que tu miedo viene de algún sitio, deja de parecer un defecto tuyo. Muchas personas llegan a terapia convencidas de que algo en ellas funciona mal, y salen descubriendo que algo funcionó muy bien en circunstancias muy duras en que, dadas algunas circunstancias, actuaron lo mejor que pudieron para sobrevivir.

Conocer nuestra historia

Preguntar, leer, escuchar a quienes lo vivieron. Ver películas como La bola negra y hablar de ellas con alguien. Conocer lo que pasó nos devuelve algo que nos quitaron: el relato. Y recordar no es quedarse en el pasado, es recuperar lo que nos pertenece.

Rodearte de gente con quien no tengas que explicarte

Pocas cosas protegen tanto como encontrar a otras personas con que puedas conectar y que te puedan entender sin que tengas que justificar nada. Un espacio donde puedes bajar la guardia es medicina.

Acompañamiento terapéutico afirmativo

El miedo aprendido no vive solo en la cabeza, también vive en el cuerpo. Por eso trabajo combinando varias herramientas, como la terapia cognitivo-conductual, el EMDR, el trabajo con partes y la mirada sistémica. Y lo hago desde la terapia afirmativa: aquí no tienes que explicar ni defender quién eres. Tu identidad no es el problema. Lo que hacemos es aprender a vivir sin tener que pedir permiso para hacerlo.

Recordar también es una forma de cuidarnos

Que una película como esta llegue a tantas salas y abra conversaciones me parece una forma de justicia tardía. Había vidas que se borraron y merecían ser contadas. Cada vez que alguien las recuerda, les devolvemos un poco de lo que les quitaron.

Reivindicar no es solo salir a la calle. También es permitirte sentir lo que te remueve, sin avergonzarte. Es acompañar tu miedo en lugar de pelearte con él. Es darte una vida un poco más ancha que la que te enseñaron.

Preguntas frecuentes que podamos plantearnos sobre la bola negra

¿Qué significa la “bola negra”?

Es el voto de rechazo con el que se impedía la entrada de alguien a un club o casino. En la película, la bola negra se usa como un símbolo que representa la exclusión y el rechazo (“no pertenezco”) que vivieron (y, en una forma diferente, viven aún a día de hoy) las personas homosexuales.

¿El miedo a ser LGTBIQ+ se hereda?

No como un rasgo genético, pero sí a través de lo que se calla, de cómo nos criaron, del clima emocional en el que crecimos y de las reglas culturales del contexto en que se ha ido construyendo nuestra identidad. A veces, cargamos con miedos que fueron de otras personas mucho antes que nosotres.

¿Cómo sé si me vendría bien hablar con alguien?

Si el miedo decide por ti, si te cuesta mostrarte como eres o si notas que cargas con algo que no sabes nombrar, merece la pena hablarlo con un profesional que se haya podido especializar en el ámbito.

 

Si algo de lo que has leído te resuena, no tienes que resolverlo de golpe ni a solas. Soy psicólogo en Barcelona, trabajo con terapia afirmativa especializada en trauma y conozco este camino desde varios lados. Si sientes que necesitas un espacio donde poder hablar sin filtros, aquí estoy.

Gerard Arbiol López

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